Melancholy of a Street

El autobús hace su entrada habitual en la estación de servicio del kilómetro 159 de la Nacional V. Me despierta la voz rasposa del conductor que anuncia que la parada durará 20 minutos

Da tiempo de tomar un café, pero estar atentos, que no se espera a ninguno” -dice a través de una polvorienta megafonía interna.

Con la advertencia en mente, recojo mis cosas en una mochila negra. Me muevo despacio, aún aletargado por el sueño reciente e interrumpido. Bajo del autobús con la intención de ir al servicio y estirar un poco las piernas. Estoy entumecido tras tres horas de estrecheces en el asiento de éste “coche de ruta número dos refuerzo”, según reza el cartel escrito a mano con rotulador negro y fijado con celofán al interior del parabrisas delantero.

Dentro de la estación, un señor mayor, vestido con boina negra y un grueso abrigo gris varias tallas más grande de lo que le corresponde, acarrea con dificultad dos maletas de cuero marrón oscuro. Se dirige a la zona señalada como WC. Las mangas de abrigo le cubren las manos y los faldones arrastran por el suelo de terrazo granate. Camino detrás de él y me fijo en los hombros caídos y el andar oscilante producido por las maletas y las piernas arqueadas por la edad. Tiene un aire desolado, como de payaso triste. Me viene a la cabeza la imagen de un anciano Charlie Rivell, con una silla rota en la mano y el saxofón colgado al cuello, vestido con un camisón largo y unos zapatones enormes y agujereados, llorando cada vez que se cae de esa silla destartalada sobre la que pretende tocar.

El servicio de de la estación está vacío y huele intensamente a orines y perfume de fresa industrial. Las paredes están alicatadas con azulejos amarillos hasta media altura y en algunos se leen grafitis de nombres imposibles con sonoridad inglesa y algunos teléfonos anónimos con prefijo local que prometen sexo. Me lavo las manos en un chorro de agua trenzada mientras me miro en el espejo sucio y ribeteado de oxido que cuelga sobre los lavabos. El azogue me devuelve una imagen de mi cara que es prácticamente igual a la que tenía hace 15 meses cuando hice este mismo viaje en sentido contrario, con la decisión ya tomada de instalarme en algún lugar del Reino Unido, el destino exacto todavía desconocido y que luego acabó siendo Edimburgo por una suma de casualidades. Este es mi primer viaje de vuelta desde entonces. Estoy de visita y hace ya algún tiempo que he comprendido que, desde el momento en que decidí establecerme en otro país, me convertí en un extranjero en todas partes. Mi cara, la reflejada en el espejo hace 15 meses y la de ahora, pertenece a dos personas profundamente distintas.

Me seco las manos con un rollo de papel higiénico de color grisáceo y consistencia de periódico viejo y regreso a la zona habilitada como bar-cafetería. Ojeo la lista de bocadillos y raciones escrita a tiza sobre una pizarra verdosa con publicidad de una marca de cervezas. Una pareja se acomoda junto a mí en unos taburetes de sky verde oscuro. Los dos visten chándal blanco con rayas azul celeste, él con unos zapatos negros y ella con zapatillas de tenis de un blanco inmaculado. El hombre tiene una de esas barbas cerradas que le da un tono azulado a la cara recién afeitada y las mejillas enrojecidas, cruzadas de venas finas. Habla con la soltura de un vendedor ambulante. Pide dos cañas y una ración de callos para compartir, mientras golpea suavemente la barra del bar con una moneda de dos euros y se gira para ver el resumen de la jornada futbolística que dan por televisión.

Yo me decido por un pincho de tortilla de patatas y unas aceitunas guisadas. Intento recordar cuándo fue la última vez que comí algo así y la memoria se pierde en la neblina de los meses. De regreso al autocar y con el sabor amargo y el regusto a jabón de sosa que dejan las aceitunas mal preparadas, recupero mi asiento, coloco la mochila bajo mi butaca, me pongo los auriculares de un  reproductor electrónico de música y espero paciente a que suba el resto de los pasajeros. Es un pasaje variopinto, formado por estudiantes con carpetas de apuntes bajo el brazo, ancianos de chaleco de pana y pantalón oscuro, señoras de edad con gruesas pantorrillas y cadenas de plata con pequeños crucifijos en el pecho, gitanos de cara enjuta y camisa negra, gitanas con chaquetas de punto de mil colores y moños de pelo apretado y brillante, algún militar joven de paisano, con camiseta de nailon ajustada y pelo cortado a cepillo y una chica con gafas de media luna y aspecto de profesora de universidad.

Una vez en marcha, el autobús enfila a toda velocidad la carretera general con dos carriles en cada dirección escasamente transitados. A través de la ventanilla sucia de polvo veo pasar el paisaje ondulante de la meseta.  Veo olivares ordenados, cipreses solitarios al borde del lecho seco de algún riachuelo, casas blanqueadas de cal y torres de iglesia, transformadores de la luz, naves industriales y hostales de carretera con luces rojas y verdes, todo ello con música de fondo en los oídos, como en un videoclip. Entre canción y canción me llega a veces el timbre de un teléfono móvil y fragmentos de conversación, alguien que cuenta el progreso del autocar kilómetro a kilómetro a alguien que sin duda espera la llegada impaciente.

Otras dos horas de viaje y hemos atravesado un túnel, cruzado un puente sobre un río encajado en un valle de roca pelada. Hemos dejado a un lado las imponentes esferas blancas rodeadas de tendidos eléctricos de una central nuclear y bordeado un pantano de aguas oscuras entre las que se distinguen las almenas de una torre sumergida. El autobús ha abandonado ya la autovía y discurre ahora por una carretera local flanqueada por dehesas de alcornoques y encinas en las que pastan rebaños de ovejas escuálidas y vacas huesudas de pelo rojo y cuernos afilados. Estamos llegando al final del trayecto y al fondo se ven las elevaciones de la Sierra de Fuentes y del Portanchito, con las laderas envueltas en pinos. Ya en las inmediaciones de la ciudad me sorprenden construcciones nuevas a pie de carretera, una urbanización de chalets adosados, una gasolinera, un restaurante que ofrece bodas, bautizos y comuniones, un colegio, una residencia de estudiantes. La ciudad está cambiando sin mí y me siento traicionado -en nuestra ausencia, las cosas deberían permanecer exactamente igual que las dejamos- y envejecido, por lo que los cambios suponen de pérdida de lo que fue y ya no es, porque quedó relegado al catálogo de los recuerdos.

En la estación de autobuses hay un revuelo enorme. A los que se van y a los que esperan a los que llegan se les ha unido hoy un grupo de jubilados, algunos vestidos de traje regional, que pasean unas cabras con campanillos de colores al cuello y los cuernos adornados de chorizos y morcillas. Un cartel los identifica como pertenecientes a la “Casa de la Tercera Edad de Piornal”. Uno de ellos toca un tambor y un pito decorado con rayas verdes, blancas y negras. Otro lleva un acordeón. Algunos tocan castañuelas y bailan y los demás reparten embutido y vasitos de vino de pitarra entre la gente. Una cabra lleva atada un pañuelo rojo con las palabras “La Flor Piornalega” bordadas en letras doradas. No sé lo que festejan, pero la escena es tan colorista que invita a sonreír. Sin embargo me causa nostalgia. Porque me gustaría pensar que de alguna manera todavía formo parte de este sitio y de estas costumbres y sin embargo no es así. Observo con la curiosidad de un turista y pasados unos minutos la escena me hace sentir fuera de lugar.

De repente me viene a la cabeza el final de la película “La Dolce Vita”, de Federico Fellini, cuando un grupo de gente con Marcello Mastroianni a la cabeza se encuentra un monstruo marino que las olas han arrastrado a la playa. En la película, el monstruo representa el desarraigo del protagonista, algo que yo ahora comprendo bien. Las cabras adornadas con chorizos equivalen en mi caso al monstruo de la playa,  con el glamour del celuloide adecuadamente substituido por la cotidianeidad del embutido.

Me permito un momento a solas antes de llegar a la casa de mis padres. Paseo sin rumbo fijo por la parte más antigua de la ciudad.  Aquí las calles aún están empedradas y en los bordes de las aceras crecen musgos que verdean el cemento. Es una zona poco transitada, de calles muy estrechas y casas bajas con tejados rojos y fachadas de adobe y cal, adosadas a la antigua muralla árabe, como creciendo de ella. Siguiendo el muro de piedra y barro de la muralla, llego a una pequeña plazoleta formada por las ruinas de una torre de planta octogonal de cuyas paredes crecen unas higueras. Es un sitio al que solía acudir de niño con mi amigo Raúl y con unas novias, las primeras que tuvimos y jugábamos a perseguirnos y a verdad-atrevimiento-beso.

Salgo de la plazoleta y subo por una callejuela sinuosa que cruza el arco romano del Cristo y desemboca en el estrecho adarve de la Judería. En este sitio, hace muchos años ya, una motocicleta atropelló a mi amigo cuando aún estaba permitido el tráfico por aquella zona. Le hizo unos moratones en la rodilla y un chichón enorme en la frente que intentamos curar poniéndole helados de naranja atados con un pañuelo para bajar la hinchazón, porque no queríamos que sus padres se enteraran y nos riñeran por andar con chicas y tan lejos de casa.

La ciudad está llena del equivalente a una vida recuerdos en cada rincón. Son fragmentos de memoria que cuelgan por todas partes como telas de araña. Actúan sobre mi ánimo como el lastre en un globo de aire caliente que no puedo soltar. Es aquí donde más se marca el paso del tiempo, donde se hace más evidente el cambio al que todos estamos sujetos, ese cambio que se enmascara con la rutina diaria.

Con el paso del tiempo, la melancolía que me embarga en este primer viaje de vuelta a casa se convertirá en una constante que marcará mis visitas en los años siguientes. En cada viaje sucesivo se hará más evidente la distancia personal que me separa de ella, de un lugar que cada vez se hace más desconocido, en el que desaparecen edificios que me parecían eternos y aparecen barriadas enteras donde antes había campo o no había nada. También desaparecen las personas y las caras conocidas o se diluyen entre otras gentes y otras caras nuevas. Me siento extraño en casa y extranjero en el lugar donde he decidido vivir.

Hay un cuadro de Giorgio di Chirico titulado “Melancholy of a street” en el que se ve a una niña rodando un aro por una calle formada por una larga hilera de arcos blanqueados de cal, sobre la que se proyecta una sombra alargada, al fondo del cuadro, como un espectador no invitado a la escena y cuya presencia como de fantasma produce un efecto inquietante. No puedo evitar sentirme como esa sombra.

El ciervo y el mar

Es una playa urbana, de arena blanca y aguas tranquilas y frías. Estoy sentado sobre unas rocas a escasos metros de un faro abandonado, viendo el amanecer en un día cualquiera de mitad de la semana.

Faro abandonado. Foto tomada de http://www.tejiendoelmundo.wordpress.com

El lugar está desierto y ni siquiera pasan coches por la carretera cercana. El sol se refleja tímidamente sobre la superficie de un mar en calma y levanta destellos en los radios de acero de mi bicicleta, tumbada en la arena. Intento meditar acerca de la grandiosidad del escenario que se abre ante mí y de la pequeñez del ser humano ante un espectáculo semejante, pero mi cabeza no deja de reproducir el estribillo de alguna canción de moda, impidiéndome toda concentración. En un intento por liberarme de la esclavitud de una melodía excesivamente pegajosa, trato de imaginar un lienzo en blanco donde poder introducir poco a poco pensamientos y sensaciones. Cierro los ojos y pienso en el color blanco, deletreo el nombre despacio, saboreando la sonoridad de cada letra como un mantra improvisado, profundizando en la imagen del lienzo desnudo.

De repente un ruido me sobresalta. Abro los ojos y un ciervo aparece a pocos metros de donde me encuentro, dándome un susto de muerte. Miro alrededor y no alcanzo a comprender de dónde vino y cómo apareció aquí. El acceso a la playa está flanqueado a ambos lados por urbanizaciones de chalets adosados. No hay árboles ni bosques en las inmediaciones, ni matorrales que puedan dar cobijo a un animal como este en medio de la ciudad. Es una imagen que no pertenece a este sitio, una aparición. Y sin embargo escucho con claridad el crujido suave de la arena bajo sus pezuñas, mientras camina lentamente acercándose hacia la orilla. Nunca había visto a un ciervo tan de cerca. Es un animal grande y majestuoso, con una cornamenta frondosa, poblada de aristas.

El ciervo se detiene a pocos metros del borde del agua y olisquea la espuma que han levantado las olas. Debo de hacer algún ruido porque inmediatamente salta como impulsado por un resorte y se gira hacia donde yo me encuentro, mirándome fijamente con las orejas erguidas y el hocico dilatado en señal de alarma, inquisitivo. Espero que salga corriendo en cualquier momento y sin embargo no huye. Me mira fijamente con unos ojos oscuros que guardan toda la tristeza de una estrella condenada a apagarse.

Kosheen (Resist 2001)

La imagen es espectacular. La silueta del ciervo se recorta contra el sol que aparece en un horizonte de mar y cielo azul. Es una imagen perfecta e irreal, una imagen imposible que me hace pensar en las fantasías alucinógenas de los nativos americanos, con el faro a mi lado como un tótem gigantesco y el rumor de las olas como tambores lejanos.

La fantasía continúa mientras el ciervo se gira nuevamente y mira hacia el mar. Se acerca titubeante hacia el agua y vuelve a detenerse con las olas acariciando las patas a media altura. Pasan unos minutos y comienza a caminar con paso decidido, adentrándose en el mar, nadando cuando empieza a perder pie, alejándose rápidamente de la orilla. No sabía que los ciervos nadaran en el mar y la estampa se me antoja absurda: una cornamenta que sobresale en una superficie de agua cuyos límites se pierden en un horizonte al que el ciervo parece querer dirigirse obstinadamente.

El sol gana terreno en el cielo y la luz me permite distinguir mejor la ya diminuta figura del ciervo que continua nadando hasta perderse definitivamente en la curva del agua en la distancia. Me quedo sentado en la roca, esperando inútilmente a que algo ocurra. Mientras, las gaviotas han comenzado el recital de gritos que recibe al nuevo día y a mi espalda, la ciudad se despereza y se activa en la mañana.

Deserted Beach, by R. Burcul. Foto tomada de http://www.robertburcul.com (Recomiendo visitar la página)

Un paseo por el puerto

Amanece la ciudad en invierno y el barrio huele a leña quemada y a carbón. Los barrenderos se afanan por borrar las huellas de la noche anterior: olores a cerveza rancia y orines, vasos de cristal, trozos de vidrio y colillas que se quedan atrapados entre los adoquines del suelo. Riegan la calle con una manguera gruesa y el agua arrolla las aceras y corre a perderse en las alcantarillas donde flotan trozos de plástico y tapones de corcho. Nos damos los buenos días y ellos apartan cuidadosamente el chorro de la manguera para dejarme atravesar el riachuelo de agua sucia sin que me salpique los pantalones.

Abajo en el puerto, las gaviotas y los peces comienzan un nuevo día entre botellas rotas y latas de refrescos. Me detengo por un momento a observar el fondo de la dársena, visible con la marea baja y descubro un paisaje de vallas de obra, señales de tráfico y carros de supermercado desfigurados por las algas y por el óxido, bolas de cemento y de piedra como balas de cañones isabelinos y un manto de pedazos de cristales desgastados por el mar. En el agua los barcos se menean suavemente al ritmo de las olas tranquilas que llegan desde el espigón y sus cascos chocan contra los neumáticos atados a las pasarelas flotantes de la dársena con el golpeteo blando y cansado de un boxeador viejo. Los barcos son en su mayoría botes de recreo, fragatas de cabina blanca y reluciente o patroneras con asientos de polipiel y banderines de colores prendidos en mástiles de aluminio.

Barco

Me llama la atención un barco de pesca semi-escondido entre dos lanchas motoras. Es un barco viejo, un diminuto palangrero pintado de verde desgastado y amarillo desleído, con las redes enmarañadas en la proa y la tablazón de cubierta podrida de humedad. En el casco se lee el nombre escrito con pintura roja en letra difícil y tortuosa: “Marinero”. Es un barco anómalo, un superviviente extraño y desubicado, como un árbol entre los cimientos de un edificio en construcción. Me recreo en el nombre e imagino la mano que lo escribió con pulso indeciso y voluntarioso y la ilusión del que tiene poco y aprecia lo que tiene.

Continúo mi camino y me dirijo a los bancos de madera de la playa de Poniente donde el sol se refleja en los cristales del balneario, arrancando destellos dorados y verdes. La playa se cierra en el horizonte con el brazo de hormigón del puerto comercial donde se yerguen las grúas de estiba como gigantes de mar, pintadas de color rojo, afanándose en los barcos. A la derecha otras grúas, las de los astilleros abandonados, grises como el destino de sus trabajos. Más al fondo un acantilado coronado por esferas de metal que guardan gas y que en la distancia parecen canicas olvidadas en mitad de una partida por algún niño descuidado.

Marinero

PURITA

Purita se levanta cada mañana antes que el sol y que el gallo. Con tantos años de rutina no necesita más despertador que el que le marca su propio cuerpo, un cuerpo viejo ya y desgastado, en el que el paso del tiempo ha ido dejando marcas de arrugas y pliegues, manchas y estrías, convirtiéndolo poco a poco en un mapa en el que se pueden leer los hitos de su vida: matrimonio, hijos, enfermedades, soledad…

Se viste deprisa, en parte por el frío de la habitación y en parte para evitar la imagen de su cuerpo de anciana reflejado en el espejo de azogue ondulado y gastado que cuelga de la pared. Abre los postigos de la ventana y un punto de luz en el horizonte le indica que el día está a punto de comenzar.

Baja las escaleras con cuidado, notando como rechinan las tablas de madera bajo sus pies. En la cocina, remueve las brasas de la chimenea con una badila de cobre y prepara el café en un puchero de metal esmaltado de granate oscuro. Mientras se calienta el café desmenuza el pan de ayer para echárselo a las gallinas y se reserva una parte para migarlo en la leche de su desayuno.

La Tayuela

Come en silencio, masticando despacio con los pocos dientes que le quedan en la boca, y mientras come observa los anillos de la madera de la mesa y barre despacio las migas de pan con el dorso de la mano, formando montoncitos alrededor de su taza. Sus manos son secas y alargadas, nervudas como hojas de castaño y en los escasos momentos en los que no están haciendo alguna labor, descansan en su regazo sobre el mandil de paño azul oscuro.

Purita prepara el cubo y el cántaro para ordeñar a las vacas. Coge la tayuela, se calza los zuecos y se echa un chal grueso por encima para evitar los fríos de la mañana, que se le agarran al pecho y a la espalda. En la cuadra las vacas la reconocen agitando las orejas y mugiendo suavemente. Purita les echa heno fresco en el comedero y les acaricia la testuz mientras va haciendo recuento mental de sus animales: la Galana, la Ardilla, la Roxa y la Jeroma. Antes tenía más vacas pero desde la muerte de su hombre se fue deshaciendo poco a poco de ellas. Ahora mira los restos de su ganadería con cierta pena y mucha resignación. Mira las vacas con detalle, fijándose en las patas y en la panza, en el hocico y en el cuello, comprobando que todo esté en su sitio y funcione como debe.

Purita lava los tetos de la primera vaca con un trapo empapado en agua y jabón de sosa y los seca despacio con un trapo de aspillera. Luego los acaricia con la punta de los dedos antes de exprimirlos entre el nudillo del dedo pulgar y la cara interna del dedo corazón. Así va notando como fluye la leche antes de salir en un chorro turbulento y espeso que aterriza en el cubo con un ruido sibilante y familiar.

Ya casi ha terminado de ordeñar y el cubo está lleno de leche fresca, leche de tres vacas y una que se secó este verano pasado y ahora está preñada, cada una aportando lo que puede.

Al coger el cubo, la cadera le falla y Purita cae al suelo. El ruido del cubo asusta a la vaca, la Roxa, que es joven y un tanto viva, y se agita en el pesebre, cabecea y resopla y acaba tirando el cubo y pisando a Purita y aplastándola contra la pared. La leche derramada se esparce por el suelo de la cuadra y se mezcla en la acequia con el estiércol y con los purines.

Zuecos

Josefa va a buscar a Purita a su casa. Le extraña que ella, con lo puntual que es, todavía no haya pasado a buscarla para ir a rezar la novena a la Virgen de Covadonga, como habían quedado. Josefa la llama a media voz – “Pura, Purita…”-,  y en su cabeza se forma la imagen de Purita, como siempre que pronuncia su nombre, una imagen que ha cambiado muy poco en los últimos treinta años: pañuelo negro sobre la cabeza, rebeca de lana gris, pollera oscura, falda larga y alpargatas, y a veces, en primavera, una flor prendida del tirante del mandil. A esta imagen, Josefa, sin querer le añade siempre una corona de rosas, porque piensa que Purita es una mujer tan buena como una santa o una virgen.

“Pura, Purita!”- Sigue la voz rodeando la casa ahora y yendo hacia la corte donde están las gallinas y las vacas. La vista de la leche en el suelo de la cuadra la inquieta. La visión del amasijo de ropas húmedas en el suelo que es Purita la alarma. La sangre que salpica la pared la aterroriza.  Josefa se acerca a gritos hacia el cuerpo de Purita y la abraza. Purita la sonríe con su boca descarnada.

La Roxa

Fotos

Es una sobremesa lluviosa de mediados de otoño. Mis padres duermen la siesta en el sofá, al calor del brasero, con la televisión sintonizada en una película de vaqueros. Yo deambulo aburrido por la casa familiar, husmeando en las estanterías de mi habitación y en los cajones del aparador de la entrada, mirándolo todo, tratando de sentirme un poco menos huésped. Me muevo despacio por el pasillo, como un anciano precoz, zapatilleando blandamente en el suelo de terrazo con las mullidas pantuflas de cuadros granates y verdes que me han adjudicado nada más llegar. Desganado, voy abriendo cajones y armarios y descubro con placer las cajas de zapatos en las que mi madre guarda las fotos de la familia. Me siento en la alfombra del suelo y decido pasar la tarde mirándolas.

El retiro

Las fotografías están ordenadas en sobres apilados cronológicamente. En la primera caja encuentro fotos de mis padres cuando eran jóvenes. En mi repertorio mental de imágenes existe una asociación de colores por décadas: negro en los cincuenta, gris en los sesenta, marrón en los setenta, rojo en los ochenta, verde eléctrico en los noventa…

Me paro en una foto del día de su boda impresa en un papel granulado, amarillento y fuerte. Están en el parque del Retiro, en Madrid. Mi padre, más joven de lo que yo soy ahora mismo, viste un traje de color crema, de chaqueta muy ceñida, con cuellos muy largos y pantalón de campana, camisa blanca y corbata de rombos granates con un nudo enorme. Lleva el pelo peinado con raya a un lado y flequillo y unas patillas espesas que le enmarcan el rostro delgado y le dan cierto aire a Steve McQueen. No mira a la cámara sino a algún lugar indeterminado del suelo y se ríe a carcajadas. A su lado está mi madre, adolescente, también en traje de chaqueta, de color teja y pata de elefante, con el pelo negro y cortado a media melena, las manos apoyadas en el vientre, un poco abultado ya. Ella sonríe, con las cejas enarcadas y los ojos levantados hacia arriba, en una mueca pretendida de fastidio y burla. Ambos están abrazados por un chico joven y corpulento, con barba oscura y jerséy de cuello alto, que parece mirar al objetivo con aire de disimulo tras haber acabado de contar una broma. Son felices y de alguna forma me incluyo como espectador de su felicidad en la foto desde el vientre de mi madre.

McQueen

Abro otro sobre y aparecen una serie de instantáneas de mis tías bañando en una palangana de plástico a un bebé rollizo, rechoncho, rubio y mofletudo que soy yo. Mis tías son unas niñas, apenas 7 y 5 años respectivamente y yo soy el juguete que les han traído los reyes, un muñeco de tamaño natural que hace pis y caca y ríe y llora y come sin parar. En otra foto están otra vez las dos, vestidas de blanco con zapatitos negros de punta redonda y calcetines de ganchillo, las piernas delgadas y frágiles, de rodillas huesudas, apenas cubiertas por una faldita de tablas. Me sostienen en brazos, vencidas por el peso de mi cuerpo rotundo. Yo me afano en un trozo de pan, ajeno a la situación y ellas sonríen a la cámara con esfuerzo infantil, los dientes apretados y alguna mella visible y me abrazan fuertemente con unos bracitos morenos y débiles. De fondo, el corral de la casa del pueblo, con el suelo de tierra prensada y pizarra y un par de gallinas que asoman fugaces por detrás de unos geranios.

Las gallinas me traen al recuerdo una de las primeras memorias que guardo de mi infancia. Un día luminoso, el color marrón oscuro de la tierra, el olor del gallinero, el tacto de la lana en mi cuerpo, los rayos de sol reflejándose en el plumaje de un gallo, brillando como oro bruñida y una mano gordita en forma de estrella de mar que intenta atrapar la cresta roja y estrujarla entre los dedos. Al parecer el gallo respondió a mi ataque picándome en la mano y en el culo y yo aparecí en la cocina llorando desconsoladamente y con una gotita de sangre en el pantalón. Pero yo eso no lo recuerdo. Me lo contó mi abuela en alguna ocasión años más tarde, siendo yo niño todavía, mientras me daba de cenar huevos fritos, sentado en sus rodillas. Los huevos fritos de la abuela, que sabían mejor porque los cocinaba con mucho cariño, me decía,  untando pan en la yema caliente y acercándomelo a la boca mientras yo iba haciendo barquitos con la miga sobre la clara.

Llevo esperando mucho tiempo

Victor Mature

Treinta años esperando.

Treinta años viendo pasar la vida a través de unos visillos hechos de minas y chimeneas de fábrica y prados verdes.

Treinta años viviendo de vidas prestadas, soñando con un futuro anclado en el pasado.

Treinta años viendo crecer el recuerdo imborrable de que el amor alguna vez pasó por su vida y tuvo una cara y un nombre.

Él mira extrañado el teléfono de pasta color crema que palpita sobre la mesa redonda de madera oscura y nudosa. Una llamada en mitad de una tarde de calor húmedo y brisa con olor a sal. Un timbrazo, dos tres… Una llamada desconocida. Se acerca despacio, toca el auricular con la yema de los dedos. Cuatro, cinco… Parece querer sentir las vibraciones del timbre antes de descolgar. Seis, siete, ocho…

Ella sueña y en su sueño las montañas son mucho más altas, los edificios son de cristal y cemento gris y los parachoques cromados de los coches centellean bajo las luces de la autopista. Sus sueños están hechos de abrigos de pana y pantalones de tergal, jerséis de cuello vuelto y chaquetas de pata de gallo y corte inglés. Son sueños de colores apagados y papel grueso de tacto rugoso y están filmados en panavisión. Son sueños como películas de la Metro Goldwing Mayer con un galán de pelo negro y ojos oscuros que se parece a Víctor Mature, fuerte y guapo, pero más bajito y más joven. Son sueños que nunca terminan, en los que un fundido en negro de los amantes mirando al sol que se pone entre los árboles o se oculta detrás de una montaña coronada de nieve, viene seguido del comienzo de otro sueño en el que un chico y una chica se encuentran en una calle de adoquines mojados por la lluvia o en la parada de un autobús.

Él descuelga el teléfono y carraspea un poco antes de responder con su acento italiano y sureño, paladeando la nasalidad de la palabra. “Pronto!”, Al otro lado una voz titubea y pregunta pronunciando su nombre y su apellido con acento extranjero aunque familiar. Se produce un silencio que dura varias respiraciones, las de él lentas y un tanto rasposas, las de la voz desconocida más delicadas y rápidas. “Si, sono io. Chi é?”. Sus palabras no encuentran respuesta. Él espera, paciente, escuchando el sonido del aire exhalado rozando el auricular. El teléfono comienza a emitir un suave pitido de cadencia regular y conocida que indica que al otro lado la conexión se ha interrumpido. Mira despacio el auricular como si tratara de averiguar la identidad de la llamada por el patrón de círculos que hay perforados en la tapa de pasta color crema del receptor. Con el teléfono todavía en la mano, deja escapar un suspiro que trae aliento de sitios lejanos en los que alguna vez estuvo, tanto tiempo atrás como lo que dura una vida que él desconoce que existe.

Ella no puede vivir sin sus sueños. A veces siente que son lo único que le queda realmente suyo. Sus sueños toman café con ella por las mañanas y conducen a su lado camino de la fábrica. Pasan horas con ella en el trabajo y se tumban a su lado en el sofá para ver la tele por la noche. Sus sueños duermen con ella y sueñan a su vez, recreándose ellos mismos, reproduciéndose, inventándose y volviéndose a inventar. No terminan nunca. ¿Qué haría ella sin sus sueños? Ni siquiera se lo puede imaginar. Sus sueños son preciosos, mejores que los recuerdos que se van corrompiendo con nuevas incorporaciones de recuerdos más recientes que diluyen a los anteriores. Sus sueños están guardados en una tacita de plata dentro de su corazón y sus recuerdos en un arcón con siete cadenas, siete candados y siete llaves.

Treinta años suspirando y respirando amores perdidos y caricias remotas.

Treinta años mirando el teléfono en el aparador de la esquina del comedor, en la mesa baja del salón, en la estantería de la cocina, en el rincón de pasillo donde casi nunca llega la luz.

Treinta años soñando y esperando, esperando y soñando.

Esperando la llamada

Treinta años preguntándose qué pasó y qué pudo ser.

Treinta años sin saber que su hijo existe.

Treinta años viendo crecer el fruto de un amor.



La Cuesta del Cholo

Hace ya varios meses que estoy en paro. Desde que llegó el buen tiempo, he cogido la costumbre de ir a tomar el sol por las mañanas a unos bancos que miran hacia el puerto deportivo, en una zona conocida como la Cuesta del Cholo. Aquí comparto las vistas y los asientos con los jubilados del barrio y a fuerza de proximidad y de rutina ya he hecho amistad con alguno de ellos.

Hoy llego algo más temprano de lo habitual y mi rincón favorito todavía está vacío. Me siento despacio, acomodando la espalda lentamente en el armazón de madera y hierro forjado, disponiéndome a pasar un rato largo hojeando el periódico y disfrutando del sol de otoño, que se refleja en el agua oscura y tranquila de la dársena. Al fondo se ve la playa de Poniente, solitaria a estas horas, abandonada hasta por el mar que va llegando poco a poco en pequeñas olas que sortean suavemente algunos escollos cercanos a la orilla y llegan desganadas a golpear la arena blanca e industrial salpicada de racimos de ocle y botellas de plástico.

La prensa del día no me trae ninguna noticia, ni buena, ni mala, ni nueva. Todo parece seguir igual que ayer y que la semana pasada y que la anterior. La inactividad parece tener en mí un efecto sedativo y adormecedor, haciendo que los días se parezcan peligrosamente los unos a los otros. Levanto la vista del periódico y la paseo descuidadamente por la orilla del puerto como algunos transeúntes a sus perros.

Diego se acerca caminando lentamente, apoyándose unas veces en el bastón y otras veces en la baranda de metal oxidado que bordea el agua. Lleva puesta la gorra roja y blanca que le dieron en la feria de muestras y unas enormes gafas de sol sobre las gafas de ver, de concha marrón oscura. Viene hacia mí pero sólo me reconoce cuando está a unos pocos pasos del banco que ocupo. Entonces sonríe con el cansancio de sus ochenta años, enseñando una dentadura postiza que según dice le baila y no le acaba de sentar en la boca. Le observo con cuidado mientras se acomoda a mi lado. Los colores de sus ropas parecen deslucidos, como vistos a través de un cristal sucio. Lleva puesto un abrigo y debajo un jersey marrón claro de lana gorda y espesa, una camisa de pana de cuadros verdes y azules y un pantalón de franela gris, ajado y brillante del uso, metido por dentro de los calcetines, enseñando unas zapatillas deportivas de colores brillantes. Me parece que va excesivamente abrigado.

No tiene calor, Diego?”

Calor hará, no te digo que no, pero lleva uno ya el frío en los huesos y vale más abrigarse…” Me mira desde la distancia que imponen sus gafas de sol, desproporcionadas para el tamaño de su cara. Yo estoy desnudo de cintura para arriba, luciendo mis tatuajes en el pecho y en los hombros.

Vale más, sí, que si no luego uno se resfría”. Concluyo así su frase, adelantándome a lo que con seguridad me va a decir. Pienso entonces que la prudencia es sin lugar a dudas una condición que se adquiere con el tiempo.

Diego habla poco y observa mucho desde su parapeto de gafas oscuras. Le miro de vez en cuando y veo su perfil. Me fijo en las arrugas que le dividen la barbilla y le enmarcan la boca como pliegos de sábanas usadas, en las manchas de vejez que le salpican las mejillas mal afeitadas, en la nariz grande y ganchuda, cuajada de gruesos puntos negros. Luego miro hacia el puerto y al mar en calma, reflejando un sol escapado de algún mes de verano. Finalmente la vista recaba en las grúas gigantescas y grises, inmóviles, al fondo, en los astilleros que han sido cerrados hace poco y que ya no construirán nada más. En un segundo el ojo lo abarca todo: el bastón, la nariz ganchuda, las grúas inútiles y el mar, elementos de una poesía al paso del tiempo que no soy capaz de componer.

Vuelve la mirada al puerto y al paseo, que con el transcurrir del día se ha ido animando. Un hombre de mediana edad pasa trastabillado sobre unos patines. Otro hombre tira trozos de pan al agua. Las gaviotas se pelean ruidosamente por ellos y los gritos alteran el silencio del lugar por un momento. Desde donde estoy se oye el chapoteo de los peces en el agua del puerto, afanándose sobre el pan, peleando por él con los pájaros. La lucha por la comida y el hambre. El hambre. Pienso en el hambre y pronuncio la palabra despacio, respirando profundamente, paladeando cada letra, hasta la H misma, tan muda y tan silenciosa como el hambre misma. Pienso en pasar hambre, en morir de hambre y aquí, en medio de la ciudad, rodeado de gente y de restaurantes me resulta algo anacrónico, algo para los peces y para las gaviotas y quizás para las palomas.

Oiga Diego, usted cuando era joven, pasó hambre?”. Diego está acostumbrado a mis impertinencias y las tolera igual que tolera mis tatuajes, con esforzada paciencia. Se vuelve despacio hacia mí e imagino su mirada a través de los cristales ahumados.

Algo pasé, guaje”. Intuyo que suaviza la respuesta, por prudencia otra vez.

Yo no sé lo que es pasar hambre, Diego”.

Suerte que has tenido. El hambre es mu mala, guaje, mu mala”.

Diego vuelve a mirar al cielo y luego al mar. Entiendo que da el asunto por zanjado y pienso que tiene razón y que será mejor así. Pero también pienso que probablemente eso no me ayuda a valorar lo que tengo y lo que he dejado de tener. Es tan humano aprender de las experiencias ajenas como lo es el no llegar nunca a comprenderlas del todo. De un tiempo a esta parte no puedo dejar de pensar en la pobreza y en la posibilidad, remota pero existente, de que llegue un día en el que yo mismo no tenga qué comer. Y me aterra. No conozco el hambre de la misma manera que no conozco la muerte. Nunca vi un muerto en toda mi vida. Treinta y tantos años sin conocer de primera mano ninguna de las dos fuerzas más importantes en la vida, el hambre y la muerte. Me parece que vivo en una burbuja cerrada y aislada, de paredes invisibles pero no por eso menos evidentes.

Pasa el tiempo y Diego y yo seguimos en silencio, él mirando al mar y yo enfrascado en mis pensamientos, mirándole de soslayo de cuando en cuando y anotando mentalmente la geografía del paso de los años por su cara: pelos en las orejas, lóbulos descolgados, huesos prominentes y deformados. La piel parece quedarle como la camisa, un par de tallas más grande de lo que le corresponde. Diego rompe el silencio.

Bueno, y has encontrado trabajo ya?”.

Pues no. Sigo buscando, pero no parece que hay gran cosa”.

Algo habrá” – me dice. Y no acierto a comprender si me recomienda paciencia o me increpa a buscar con más energía. Creo que él entiende el trabajo en valor absoluto “un trabajo es un trabajo” y yo sin embargo lo hago en términos relativos “un trabajo de lo mío”. Se lo explico.

Pero si de lo tuyo no hay, algo tendrás que hacer, no?”

Ese es el problema, Diego, que no sé qué hacer- pienso y le contesto algo como “sí” o “tiene razón, Diego”.

Diego carraspea y nuevamente da por zanjada la conversación. Es lo que tienen la educación de otros tiempos, tiempos en los que términos como humildad y prudencia dirigían los intercambios entre hombres y eran compresibles y comprendidos por todos. Ahora sus palabras están tan obsoletas como las grúas del astillero que dominan el paisaje al fondo.

Se acerca Manuel, otro habitual de la Cuesta del Cholo y de los bancos de solana. Manuel es jovial y simpático, rechoncho y bajito, con anchas espaldas y una barriga prominente que le hace caminar ligeramente inclinado hacia atrás. Tiene el pelo blanco y abundante, cortado a cepillo y unas manos grandes y oscuras, agrietadas y poderosas. Manos de marinero y él lo fue, marino mercante hasta que se jubiló hace ya varios años. Llega sonriendo con unos dientes impolutos y perfectos.

Hola guaje. ¡Coño Diego, qué abrigao vas!”.

Pues calor no tengo”- le dice Diego.

Eso es porque te estás haciendo viejo”.

Más joven seguro que no me hago”. Las palabras de Diego quedan flotando en el aire como las gaviotas que planean sobre los mástiles metálicos de los barcos fondeados.

Manuel sonríe y me mira, hace una mueca y se remanga cuidadosamente los pantalones antes de sentarse, dejando ver unas pantorrillas pálidas y desprovistas de pelo. Saca un periódico y se lo pone sobre la cabeza- para no quemarse con el sol, me dice- y se pone a hablar. Al contrario que Diego, Manuel habla mucho y un poco de todo y de nada a la vez. Le escuchamos sin prestarle demasiada atención, como se escucha el ronroneo del motor de una embarcación que llega al puerto. Y él habla de un programa de televisión que presenta una chica guapísima y de una señora a la que le habían robado en Madrid unos rumanos vestidos de policía municipal con placas y porras y todo, y de que vaya país que nos está tocando vivir, y de que la cosa cada día se pone peor y le da a uno miedo salir de casa y…

Su voz va desapareciendo gradualmente en el paisaje como el pan en el agua del puerto y el día sigue su curso inevitable. El paseo del puerto se puebla de madres con carricoches de tres ruedas y de señoras con permanente de peluquería de barrio y zapatos de medio tacón. Unas palomas picotean cáscaras de pipas de las grietas del suelo y unos niños recogen tapones de corcho para tirárselos y espantarlas.

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